¿Alguna vez has salido con un frío gélido, has hecho ejercicio como debías y al día siguiente has sentido dolor de garganta o goteo nasal? En ese momento, la conclusión parece obvia: «Me he resfriado entrenando; me voy a enfermar». Es un pensamiento automático porque vincula dos eventos estrechamente relacionados. El problema es que a menudo tenemos al culpable equivocado. Veamos qué dice la ciencia y, sobre todo, qué hacer en la práctica.